PREVIO A RUTA
EN TIERRAS DE LA SERENA

En dos palabras: francamente bonito. Al final nos juntamos cuatro paramotores y como el día amaneció con una agradable brisa de suroeste, decidimos, sobre la marcha salir de viaje en vez de triangular, sobre todo porque el principal motivo de juntarnos era disfrutar del vuelo… y vaya si disfrutamos.

Texto: Vicente Mendoza Cardenal
fotos: Juan Antonio

Tras algún desafortunado problemilla con el motor, Manolo se queda en tierra y Juan Antonio, Isidro y yo despegamos entorno a las ocho y media de la pista del aeroclub Juan de la Cierva de Villanueva de la Serena, Badajoz (30S 0263370 4316135). A nuestra izquierda tierras de secano (oros, ocres y marrones) y a nuestra derecha canales, ríos y mucho regadío (amplia gama de verdes).

Ya en el aire, viento en cola, cruzamos el río Zujar, el pueblo de Entrerrios y el río Guadiana, y seguimos hasta Valdivia. Abajo los frutales como formaciones militares (peras, melocotones, nectarinas y ciruelas) Un ligero cambio de rumbo, un poco mas hacia el este, por no dejar de estar comunicados por carretera, y seguimos hacia Gargáligas. Aquí es donde nacen las paellas. Si, de Gargáligas a Los Guadalperales y de Los Guadalperales a Madrigalejo, volamos sobre un verde y bello mar con brillos de sol aún anaranjados del amanecer. Todo es arroz. Engañoso prado que puede engullirte en su lodazal, hasta las rodillas, en caso de aterrizaje forzoso. A nuestro paso, levantan el vuelo los patos reales que andan desayunando… unas ranitas.

Mientras pasamos el límite de provincia y cruzamos a Cáceres, Isidro va buscando la línea recta, Juan Antonio haciendo un precioso reportaje fotográfico y yo comunicando con el coche de recogida y haciendo un poco de navegación para optimizar combustible.
Y ahora que? Seguimos sobre la carretera o damos un salto… serio? Pues listo: atravesamos. Dejamos atrás Madrigalejo y como “Los chicos del maíz” que corrían entre las cañas, solo que un par de metros mas arriba, vamos consumiendo distancia y grabando en nuestra mente esas bellas imágenes. Los aspersores pívot están regando y su giro sugiere, desde lo alto, una gran diana de mas de trescientos metros de diámetro. Bonito paisaje, pero… se acaba el agua, y cuatro campos mas allá, unas vacas pastan alfalfa fresquita al mismo borde de la dehesa extremeña que se hace dueña de nuestros miedos. “Si tenemos que bajar aquí van a tardar horas en sacarnos”. El verde oscuro de la encina salpica el dorado pasto como topitos en traje de faralaes; y poco a poco empieza a verse entre la bruma la sierra de Guadalupe presidida por el pico Venero.

“Según mi gps, detrás de ese cerro debe estar Logrosan”… y en efecto, ahí sigue, lo que es la tecnología, eh? Un bando de mas de cien cigüeñas nos dan la bienvenida aplaudiendo con sus alas nuestra llegada.

Recibo un mensaje de mi amigo Fernando que me pregunta como nos va y de que le contesto por donde “andamos” me devuelve una sola palabra: “coño”.
Giramos un poco hacia el este y leo que la velocidad del viaje ha bajado de casi cincuenta a treinta kilómetros por hora.
Se presenta majestuosa la sierra y el pueblo de Cañamero y Juan Antonio empieza a tomar mas y mas altura. Hace unas fotografías preciosas y sobrevolamos la zona de libre de la localidad. Yo me acerco al puesto de vigilancia contra incendios y el guarda, un poco atónito, se quita los prismáticos de los ojos porque… no le hacen falta, me tiene allí mismo.
El pico de las Villuercas, el embalse del Cancho del Fresno (con el nivel de agua mas alto que el de nuestra travesía de vuelo) y el puerto de Berzocana entre rocas, valles y verdes sierras me hacen pensar que estoy en otro lugar.

Jara, retama y tomillo se van calentando y de entre los pinos y las piedras empiezan a subir los olores de “los motores” del libre. Aprovecho el sitio y trepo en ochos por una matutina y tempranera térmica preparando el salto a Guadalupe, pero Juan Antonio se ha puesto viento en cara e Isidro me parece que está buscando aterrizaje.

Esta claro, sus maniobras son síntoma de fin de vuelo. Llamada telefónica a Yolanda, que viene con la “furgo” en nuestra busca y ya nos espera en la gasolinera de Cañamero. Aproximación complicada entre líneas de alta tensión sobre un relieve bastante abrupto y, mas o menos… nos posamos.

Juan Antonio e Isidro han consumido prácticamente todo el combustible y a mi me ha quedado como litro y medio. El gps nos dice que hemos volado sesenta y siete kilómetros por balizas y cincuenta y nueve en línea recta. Hace una hora y cuarenta minutos que despegamos. Lastima que Manolo no nos haya podido acompañar.

Y ahora se me viene a la mente mi amigo y monitor Paco, a quien debo el placer de poder volar con motor. Se que estás en plena recuperación y quisiéramos, los cinco: Yolanda, Manolo, Juan Antonio, Isidro y Vicente, dedicarte esta modesta travesía y que sirva como aliciente para tu pronta incorporación al bando de “ventilovoladores”. Espero poder repetirla este otoño y que puedas acompañarnos, tanto tú, como cualquiera que desee disfrutar de la enorme belleza de los desconocidos paisajes extremeños.

 

 

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