Las "Arenas Rojas" de Chile: 153 Km. sobre el Desierto de Atacama (por Jorge Álvarez)
-¡¡Hey Man, George!!, ¡¡Fuck man!!, ¿Cómo tu que estás acá ahora?
¡No me lo podía creer! Era el Jeff!, mi viejo amigo Jeff Ames, ese trotamundos incansable que se pasa medio año en la Antártida y el otro medio volando y viajando por el continente americano antes de recalar en su Seattle natal, en los EE.UU. Hacía un par de días que yo había llegado a Iquique para el Campeonato 2002 y me había alojado en las cabañas del hotel Parador, que iba a ser la sede del campeonato. Como llegué unos días antes del inicio de las pruebas, el hotel estaba prácticamente vacío y aún faltaban por llegar la gran mayoría de los pilotos, así que me dieron una cabaña bien amplia para mi solito, a la espera de que llegara un compañero de cuarto. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando, al día siguiente, vi aparecer a Jeff por la puerta!
Le habían
asignado mi cabaña sin saber que yo era el otro huésped. Hacía cinco años
que nos habíamos visto por última vez, precisamente aquí, en Iquique. Yo
partía para la Isla de Pascua y él se iba al campeonato de Mendoza en Argentina.
Después, unos meses más tarde me enteré de su gravísimo accidente en México
donde se rompió montones de huesos y, tras una larga recuperación, reaparecía
de nuevo con una ligera cojera y una barba casi tan larga como su cabellera
de indio de las praderas.
El español de Jeff había mejorado un montón durante todo este largo periodo;
todo lo contrario de mi inglés que seguía estancado en el "jelou" y el "jaguaryu".
Pero el idioma no fue ninguna barrera que nos impidiera saborear un reencuentro
tan especial de dos colegas del aire después de tanto tiempo. Me alegró
mucho verle tan recuperado y con tanta vitalidad.
Otro viejo amigo y compañero de vuelos en Chile de viajes anteriores que
acababa de llegar de Santiago era Jean Marc Meyes, un suizo afincado desde
hace años en el país trasandino y al que se le ha quitado por completo el
acento francés y prácticamente sólo habla "chileno". Los tres habíamos compartido
anteriormente buenos y entrañables vuelos en diferentes lugares de la variopinta
y salvaje geografía chilena, así como cervezas, asados y tertulias.
Ahora después
de unos años, coincidíamos de nuevo y planeábamos realizar ese cross que
teníamos pendiente, desde Punta Paquica hasta Iquique: casi 200 km volando
sobre la yerma y amarilla Cordillera de la Costa. Un vuelo de singular belleza
entre el desierto de Atacama y el Océano Pacífico. Lo hablamos y decidimos
que lo intentaríamos después de que terminase el campeonato. Dicho y hecho.
El Campeonato pasó y, después de tomarnos un par de días de descanso disfrutando
de la playa y relajantes vuelos desde Alto Hospicio, llegó el día D.
PRIMER CONTRATIEMPO.
Como decía, el día D había llegado, pero con él se presento el primer problemilla.
Nuestro transporte y recogida, necesario en caso de pinchar por el camino,
nos falló de improviso y contratar un taxi superaba lo que los fondos del
grupo podían permitirse, así que optamos por alquilar el coche más barato
que se podía conseguir, y que uno de los tres se sacrificase a favor de
los otros dos e hiciese las labores de apoyo y chofer. La fórmula más "democrática"
o, mejor dicho, más fácil y cómoda de resolverlo era, evidentemente, echarlo
a suertes y aceptar el resultado, pero nuestro ego decía que nadie quería
asumir la función de simple "coche escoba" y la posibilidad de realizar
el cross mágico se esfumaba por momentos, así que en un acto de "quijotismo"
extremo se me ocurrió decir: ¡No problem!, ¿queréis volar?, pues está
bien, yo haré el apoyo por tierra. Mejor será que vuelen dos a que no vuele
ninguno. Como decimos en España, "hay más días que longaniza", así que otro
día me tocará a mí. Todo sea por dos buenos colegas. Eso sí, esa noche
no iba a pagar ni una sola cerveza.
Las caras de Jeff y Jean Marc se estiraron en todos los sentidos y sin darme
tiempo a rectificar me cogieron la palabra al instante. La bolsa de mi Silex
parecía querer reventar. Esa vela siempre está queriendo volar y volar rápido
y ahora, al igual que yo, tendría que ver los toros desde la barrera. No
obstante, si el vuelo salía bien, todos sabíamos que ese día lo disfrutaríamos
por igual, independientemente de las circunstancias.
A primera hora de la mañana metimos los equipos en el coche y salimos de
Iquique rumbo Sur y con dirección a cabo Paquica. Teníamos que llegar lo
antes posible si queríamos garantías de poder realizar el cross. A lo largo
del recorrido hay varios pasos difíciles que requieren tomarse su tiempo
si quieres pasar los sotaventos con unas mínimas garantías. Estas y otras
eventualidades ralentizan sensiblemente la media de velocidad y la posibilidad
de culminar completamente el cross disminuye a medida que va pasando el
día.
SEGUNDO CONTRATIEMPO.
Después de conducir un par de horas y hacer una parada en el aeropuerto
para notificar a las autoridades de aviación civil nuestras intenciones
(éste es un trámite obligatorio y necesario), llegamos al final de la I
Región en Río Loa donde hay un puesto y control de Carabineros. Chile se
divide en regiones que se enumeran de Norte a Sur, 1ª Región, 2ª Región,
etc. Iquique se encuentra en la I Región, que es zona franca y cuenta con
un sistema tributario especial, por lo cual está separada del resto del
país por un puesto aduanero donde hay que declarar las mercancías que se
sacan de allí y pagar ciertos impuestos en caso de sobrepasar los límites
permitidos. Las ventajas fiscales también tienen sus inconvenientes, y uno
de ellos era precisamente que el vehículo que habíamos alquilado sólo disponía
del correspondiente permiso de circulación para hacerlo dentro de los límites
de la I Región, así que de nada sirvió contarle toda una "película" a los
carabineros del puesto de control para que nos dejaran pasar y llegar así
hasta Punta Paquica.
La escena era surrealista: un suizo, un norteamericano y un español en medio
de la nada y viendo por momentos que nos quedábamos en tierra, y nunca mejor
empleado el término. Yo insistí en que pretendíamos realizar un record del
mundo de distancia en parapente, intentando magnificar e inflar la situación
describiéndola como un evento deportivo de primer orden en el que Chile
sería el país anfitrión que acogería un evento de tal trascendencia; a la
vez filmaríamos y fotografiaríamos durante todo el recorrido para dar cumplida
información de la gesta deportiva a todos los medios y bla, bla, bla...
Pero el aspecto un tanto "cutre" y astroso que mostrábamos los tres no dejaron
muy convencidos a los carabineros que, después de consultar a una instancia
superior, se ratificaron en su decisión: -"Ustedes pueden pasar pero el
auto se queda aquí"-. La habíamos cagado y había que pensar rápido. Los
186 Km tendrían que esperar, pero desde Río Loa hasta Iquique había 153
Km que en tal situación, menos da una piedra y por otra parte también resultaban
golosos, así que subimos al coche y dejando la carretera y campo a través
nos dirigimos hacia la ladera más al interior, para intentar buscar un despegue
e intentar salvar el DÍA.
El coche pudo llegar hasta la misma falda de una de las partes más bajas
de aquella árida ladera junto a la quebrada del extinto y seco Río Loa,
teniendo mucho cuidado de no quedarnos enterrados en alguno de los numerosos
y engañosos bancos de arena. Descargamos el material y empezamos a subir
aquella pendiente que era un auténtico pedregal. Sabíamos que era imprescindible
encontrar un pequeño claro entre tantas piedras para poder extender los
parapentes y esperar que rompiera alguna de las exiguas térmicas que se
desprendían desde la base del terraplén para poder despegar con garantías.
Por fin, después de una corta pero intensa caminata, encontramos un pequeño
hueco algo más limpio de piedras y lo justo para poder abrir los parapentes
e intentar los despegues.
El primero en despegar fue Jean Marc que no pudo reprimir un grito de excitación.
Lo hizo seguidamente Jeff después de un par de intentos fallidos. Poco a
poco fueron remontando la rocosa pared aunque los primeros metros se hacían
de rogar. Tan abajo, las térmicas aún eran muy débiles y a medida que ganaban
altura las cosas se iban poniendo mejor. Al principio me quedé parado como
un idiota y apenas podía filmar y sacar algunas fotos. La envidia que me
estaban dando era sana, sí, pero envidia al fin y al cabo. Yo también quería
estar allá arriba. El día prometía y la posibilidad de poder llegar hasta
Iquique parecía ir ganando poco a poco fuerza y consistencia.
En poco tiempo habían conseguido el techo y enseguida pusieron rumbo Norte
con un ligero viento de cola que pronto los alejó de donde me encontraba,
así que bajé corriendo hasta donde estaba el coche y me dirigí de nuevo
hacia la carretera para intentar seguirles visualmente además de mantener
la comunicación por radio, de esta forma entre todos podíamos evaluar las
diferentes situaciones que se presentasen, especialmente en los pasos más
comprometidos, y tener así una doble perspectiva: una, la de ellos desde
el aire, y otra la mía desde tierra, lo que facilitaría la toma de decisiones.
El seguimiento por tierra resultó más complejo de lo que en un principio
parecía, ya que hubo momentos en los que perdía la referencia visual durante
un buen rato debido a que la cordillera de la costa se aleja de la carretera
varios kilómetros y ni siquiera con los prismáticos podía localizarlos.
No obstante, la primera fase del vuelo se desarrolló sin grandes contratiempos,
aunque tanto Jeff como Jean Marc decidieron tomárselo con calma y asegurar
lo más posible el paso por los puntos más conflictivos. Los sotaventos que
aguardaban en el otro lado de los cabos podían llevarte al suelo con un
-5 mantenido en pocos minutos; así que enfoqué mi labor en informarles previamente
de cómo estaba el viento abajo y de lo que se iban a encontrar una vez pasados
los salientes del recorrido, y por supuesto animando cada poco para procurar
que la moral siguiera tan alta, al menos, como lo estaban ellos con sus
parapentes.
Durante el recorrido empecé a disfrutar con mi situación. Su vuelo era mi
vuelo y el maravilloso paisaje del inmenso océano, el desierto y las montañas
de la costa del norte chileno que continuamente me rodeaban, me llenaba
de libertad. Las interminables rectas de la carretera eran como líneas en
el cielo; y solo muy de vez en cuando me cruzaba con otro vehículo. A veces
hacía alguna breve parada para filmar y hacer algunas fotos. El viejo y
misterioso cementerio de Guanillos, a orilla de la carretera, me remontó
a épocas pasadas cuando se extraía el guano de las milenarias covaderas
o guaneras para convertirlo en abono agrícola. Playa Ike Ike y playa Chomache,
lugares idílicos, como pertenecientes a otros mundos. Intentaba saborear
aquella exclusiva soledad sólo rota de vez en cuando por el despertar de
la radio:
- ¡Hey George! ¿Cómo es que viento estuvo abajo?-Me preguntaba en
ocasiones Jeff con su peculiar español-.
- Bien, bien Jeff! No te preocupes. Abajo todo bien. El viento no está
muy cruzado y vosotros vais muy bien. El gol de Cavancha ya está un poco
más cerca y las cervezas ya están enfriando, ¡ánimo!
- ¡Güevón!, esta güevá está la "raja"-Ahora era Jean Marc el que
hablaba, quien, como ya dije, sólo habla chileno a pesar de que se expresa
perfectamente en inglés y, por supuesto, en francés, que es su lengua natal.
La traducción podría ser más o menos así: "¡Jorge, tío, esto es
increíble! ¡Una pasada!"
PUNTA LOBOS.
A los 56 Km de Loa aparecía el primer paso comprometido que habría que asegurar.
Era el cabo de Punta Lobos, un espectacular saliente sobre el mar que se
vuelve a cerrar seguidamente produciendo un largo y fuerte sotavento en
el que se pueden perder varios centenares de metros en un instante. Había
que intentar pasar con la máxima altura y lo mejor era esperar a que se
formase alguno de los pequeños cúmulos que aparecían tan rápidamente como
igualmente desaparecían; pero si se aprovechaba un ciclo se podía hacer
un buen techo y pasar con la nube, hasta que ésta ó el piloto decidieran
terminar con su efímero "pololeo" (noviazgo). Jeff y Jean Marc lo sabían
y así lo hicieron, no sin antes tomarse sus buenas dosis de tiempo y paciencia.
Realmente estaban decididos a no dejar pasar esta oportunidad. Allí no había
ningún ánimo competitivo. Solo imperaba el sentimiento romántico del vuelo
por el vuelo y la satisfacción personal de conseguir un sueño más. El tiempo
era lo de menos. Ahora no había balizas ni start-points ni jueces de salida.
Solo contaba el placer lúdico y personal de volar; y por supuesto, si se
podía llegar a Iquique aunque fuera al anochecer, pues tanto mejor.
El sotavento de Punta Lobos, como era de esperar, los engulló como el monstruo
de las galletas se zampa las susodichas. Los parapentes perdían altura precipitadamente
y las velas flameaban como trapos en un tendal. Por un momento pensé que
aquello se acababa allí y posiblemente no habría otra oportunidad tan clara
para volver a intentarlo; pero después de sufrir un poco, la descendencia
fue disminuyendo y lentamente, el vario volvió a pitar en positivo cuando
ya casi se había llegado al siguiente paso de Pabellón de Pica y con muy
poca altura, pero en ese punto la brisa, con el mar mucho más cerca, ya
se hacía notar y en poco tiempo se pudo recuperar fácilmente la altura perdida.
Se pasó Pabellón de Pica sin grandes contratiempos, aunque Jean Marc y Jeff
siguieron tomándoselo con calma y sólo cruzaban cuando tenían asegurada
una buena altura y los ciclos se ponían de su parte. Desde ahí hasta las
guaneras de Punta Patache era fácil. En Punta Patache se encuentra la terminal
marítima donde se embarca el mineral de cobre proveniente de la mina Collahuasi,
ubicada en el altiplano junto a la frontera boliviana. Aquí también se ha
instalado una central térmica y desde el año 1998 la zona se ha enmarañado
con grandes tendidos eléctricos que han contaminado fuertemente el paisaje.
Pasada
Punta Patache, donde unas cuantas torres de alta tensión en lo alto del
cerro, provenientes de la central, incordiaban más psicológicamente que
otra cosa, solo quedaba un último tramo desconocido en cuanto al vuelo se
refiere hasta llegar a Patillos. A partir de ahí era ya territorio explorado
y familiar, pues Patillos-Iquique es una de las pruebas clásicas del campeonato
anual de Iquique. Y precisamente en este recorrido de Punta Patache a Patillos,
se consiguieron los mejores techos, entre 1000 y 1200 m. Indudablemente
habíamos acertado con el día: buenas térmicas, pequeños cúmulos y un viento
del suroeste no muy fuerte.
PATILLOS-IQUIQUE.
Se había superado con creces el ecuador del recorrido y, como decía, este
último tramo era ya de sobra conocido tanto para Jeff como para Jean Marc.
Faltaban 60 km para llegar a Iquique y había que apurar. Llevábamos más
de tres horas de vuelo y las condiciones podían disminuir a lo largo de
la tarde. Mediante la radio les recordaba la necesidad de ir más rápidos.
Ahora tenían la ventaja de conocer el camino y no tendrían tanta necesidad
de asegurar como lo habían hecho hasta entonces. Me hicieron caso y el vuelo
se hizo más recto y con muchos menos giros. El paso del aeropuerto, uno
de los lugares más delicados, lo cruzaron seguros y sin demora. Estaba visto
que la adrenalina estaba alta, al igual que la moral. Iquique estaba solo
a tiro de piedra y el cross de más de 150 Km al alcance de la mano.
Se llegó a Palo Buque y ya solo quedaba el último escollo de Punta Gruesa.
PUNTA GRUESA.
Punta Gruesa en condiciones fuertes es muy complicado de pasar. El sotavento
tiene sus kilómetros y los rotores y descendencias pueden ser muy violentos.
Personalmente, he pasado volando por el lugar en varias ocasiones y sé de
lo que hablo. A veces el parapente se hace casi ingobernable y la ladera
amenaza con devorarte. Afortunadamente, en esta ocasión las condiciones
eran suaves y una nube en la cumbre tiraba lo suficiente como para pasar
con buena altura. Todos sabíamos que superando Punta Gruesa el éxito estaba
asegurado y así fue. Las puertas de la ciudad de Iquique se abrieron de
par en par. Se dirigieron a Alto Hospicio, y de ahí a la playa de Cavancha
era ya un mero trámite. Aún tuvieron tiempo de llegar a Cavancha con altura
y permitirse algunas pequeñas licencias acrobáticas a pesar del cansancio.
Llevaban casi 6 horas volando y se había cumplido un sueño.
En la arena de la playa nos abrazamos y comentamos todos excitados y felices
el maravilloso vuelo, no tanto por la distancia en sí, que está más que
superada, sino por lo romántico y la belleza del mismo. Un vuelo de esos
que no se olvidan.
EPÍLOGO.
Al día siguiente Jean Marc cogía un autobús para Santiago. Le esperaban
veinticuatro horas de viaje pero se iba pletórico y contento. Yo me quedé
un par de días más con Jeff antes de proseguir mi viaje hacia las tierras
de la Patagonia y Tierra de Fuego en el otro extremo del país. El "gringo"
se quedaría todavía por tiempo indefinido en Iquique con la esperanza de
poder realizar otro cross, esta vez desde Punta Paquica o desde Tocopilla,
212 Km al Sur de Iquique. A partir de ahí no había más planes. El futuro
se replanteaba de semana en semana. Más allá era mucho tiempo y no merecía
la pena preocuparse por un futuro "tan lejano".
Jorge Álvarez
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Jean Marc sobrevolando el desierto de Atacama
Jeff reapareció con una ligera cojera y una barba casi tan larga como su cabellera de indio de las praderas.
Jean Marc Meyes es otro viejo amigo y compañero de vuelos en Chile; un suizo afincado desde hace años en el país trasandino.
El paisaje del norte de Chile es árido, pero de una singular belleza. El vuelo va sobre la cordillera de la costa y a orillas del Océano Pacífico.
Los protagonistas de esta aventura: Jeff Ames, Jorge Álvarez y Jean Marc Meyes
A punto de llegar al gol, hay que sobrevolar las dunas de Iquique, bajo el despegue de Alto Hospicio.
Llegando a la meta: Cavancha, principal playa de la ciudad de Iquique

ARENAS ROJAS
Jorge Álvarez, natural de Asturias (España), lleva años regresando a Chile, un país que le sedujo desde que llegara para uno de los primeros campeonatos de parapente que se realizaron en Iquique, por el año 1994. Cada invierno escapa del frío español a parajes donde brille el sol y, de preferencia, se pueda volar. Por eso Iquique aparece con frecuencia en sus itinerarios de viajes. De uno de sus últimos periplos por allí, Jorge realizó la producción "Arenas Rojas", un vídeo con hermosas imágenes de vuelo y una personal visión de la aventura de recorrer el desierto de Atacama desde el aire. Según dice el realizador, es "un viaje al desierto de Atacama donde los vuelos de cross son un regalo para los sentidos. Un relato intimista aderezado con músicas sugerentes donde, además de los planetarios paisajes del Norte de Chile, podremos disfrutar de las evoluciones de algunos de los mejores pilotos del mundo y muy especialmente del continente americano: Rainier Binek (El Bicho) de Perú, Jeff Ames de los EE.UU, Pablo López de Argentina, el 'Coyote' de Chile y muchos otros". El film se estrenó oficialmente en el "Festival Internacional de Cine de Santander", el año pasado, donde tuvo una buena acogida por parte de crítica y público. El video está a la venta a un precio de 25 euros más gastos de envío (España 3 euros, Europa 6 y América 10 euros), disponible en formato PAL y NTSC y su duración es de 15 minutos. Para adquirirlo sólo hay que contactar con el autor a su email: jorge.al@terra.es o al teléfono (+34) 985 401272.

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