El Beso de la Mujer de Arena

Tras una semana de estimulantes vuelos y escarceos en Iquique, Chile, nos llegó la hora de poner en marcha la caravana SAT y continuar con este periplo volador rumbo al sur.
Pero aún teníamos una cita pendiente con el mítico "ascensor" en Palobuque, la térmica chilena por excelencia, que nos permitiría llegar a las dunas de la “Mujer de Arena", un lugar mágico e incluso hipnótico por sus curvas sensuales y atrayentes.

Gracias a los 3 todo-terrenos, pudimos llegar al mismo pie de las dunas. Rápidamente montamos el campamento y nos dispusimos para la acción, poniendo en marcha el plan de vuelo que teníamos. En un momento teníamos todo listo para despegar.

David Eyraud lo tendría más difícil, pues le tocaba volar en bi-plaza con Francisco Magliarella, cámara del equipo. A los demás nos esperaba un fenomenal vuelo en monoplaza. En el despegue no hubo sorpresas y en breve ya estábamos todos en el aire. La ascendencia era prácticamente continua y con unos pocos giros y aprovechando la dinámica, conseguimos subir unos 60 m y pasar cómodamente al "super-laderón" iquiqueño, de unos 900 m. A partir de allí, avanzábamos pegados a la montaña, subiendo entre 1 y 3 m/seg.

Daba un poco de miedo acercarse al relieve, donde sobresalían piedras grandes y afiladas, pero a medida que subíamos el panorama cambiaba drásticamente. A los 700 m comenzó el deleite visual que ansiábamos: ante nosotros se desplegaban unas enormes lenguas de arena fina color ocre.

Ahora sí que apetecía acercarse al relieve, ¡el deseo de acariciar esa arena con la mano era superior a todo lo demás! Pasamos un divertido intermedio empecinados en dejar largos surcos en la duna a pesar de que no resultaba tan fácil, lo que nos alentaba para seguir intentándolo.

El viento térmico y turbulento nos obligaba a reactivar nuestros sentidos y compensar las súbitas pérdidas de presión. Pese a la dificultad, conseguimos resultados curiosos, divertidos y adrenalínicos, nos deslizábamos a modo de flysurf aprovechando la tracción de la vela para remontar por la ladera.

En este ínterin nos fuimos reagrupando y poniendo nuevamente en camino. Raúl, Barbi y yo encaramos directo al objetivo: Las Dunas de “la Mujer de Arena". Pitocco estaba ansioso por conocer esas dunitas y enseguida se ensambló al grupo junto con Pablo López, Ricardo Parot y Peter Brinkeby. Abiertos de la ladera se encontraban David Eyraud y Francisco Magliarella, buscando siempre una posición favorable para plasmar la imponente inmensidad amarilla que es este desierto.

El viento estaba fuerte así que para superar el brazo de la montaña era necesario "luchar en la fuga" y perseverar con el acelerador. Raúl y yo conseguimos superarla en el primer intento y fuimos los primeros en contemplar este inusual espectáculo... ¡Sublimes siluetas de mujer aparecían por todas partes, arqueadas y expectantes! ¡Allí estaban las más hermosas, vibrantes y cautivadoras dunitas, pequeñas y muy onduladas, de una arena muy fina provocada por el viento y la erosión de las rocas!

Las sinuosas formas de las dunas revelaban un viento revuelto. Veíamos claramente cómo se desprendía la arena de las crestas, que formaba remolinos y dibujaba los rotores con toda claridad, lo cual no impidió que nuestra conexión con las dunas se intensificara en veloces giros y pasadas rasantes. Era pilotable, pero había que estar muy atento. En algunos momentos, las rachas de viento eran radicales e incluso maliciosas.

Pablo, el Pitocco, el Coyote y David también consiguieron "cruzar". El Pitocco irradiaba determinación, pues le habíamos motivado relatándole el vuelo que habíamos hecho allí el año pasado. Llevaba un rato entregado y disfrutando en una danza aérea, hasta que rozó tan cerca la arena que tuvo que aterrizar. El viento también jugaba y, cada vez que quería reinflar la vela, se le iba colando arena en un estabilo, acumulándose traicioneramente ahí. Nosotros seguíamos volando a pocos metros, traveseando y observando, esperando el momento para hacer una entrada y jugar un poco. De golpe, una inesperada ráfaga le infló el parapente, pero la media ala con arena permanecía plegada sobre sí misma malévolamente enganchada.

El viento mostró su oscuro poder y con una súbita racha le lanzó hacia la tierra. En un movimiento reflejo, el Pitocco frenó el plano abierto y consiguió cambiar la trayectoria para caer en una posición más favorable, pero incluso así había acumulado mucha velocidad.

Primero apoyó un pie amortiguando el impacto y, seguidamente, golpeó con la cabeza en la arena como un látigo. La vela se desplomó y el Pitocco se quedó inerte, tendido en la arena. En una milésima de segundo mi mente estalló en un flash, ¡uno de nosotros estaba en peligro!

La sacudida había sido tan brutal que el Pitocco había perdido el conocimiento. A pesar de la turbulencia, Raúl hizo el aterrizaje más rápido que nunca presencié. Cuando llegó a su lado, Hernán empezaba a volver en sí. Pronto todos estábamos junto a él. Nos miraba perplejo sin acordarse de nada. Murmuraba "¿qué hago aquí?... ¿Dónde estoy?" Nuestro amigo estaba lánguido, el impacto le había dejado en órbita y con un tobillo torcido y, lo que es peor, no sabíamos si le pasaba algo más serio.

Permanecimos una hora en la arena esperando que se recuperara un poco. Al principio nos repetía las mismas preguntas una y otra vez, pero poco a poco se fue serenando y participando en la situación de su rescate, porque ahora la cuestión era... ¿cómo salir de allí?

Después de un debate barajando las posibles elecciones, decidimos que lo más fácil sería hacer un “tri-plaza”. Tras planificarlo todo a conciencia despegué yo, llevándome el parapente de Hernán en su bolsa, enganchado a los mosquetones, mientras que Pablo y Raúl ayudaron a despegar a David, quien se hacía cargo de los dos pasajeros, Francisco y Pitocco.

Para este improvisado vuelo de rescate, hicimos un alargue con los mosquetones del paracaídas del Pitocco; así viajaría delante de Francisco. El vuelo duró apenas 10 minutos. Recuerdo la enorme sensación de alivio al ver cómo el Pitocco, todavía maltrecho, aterrizó sonriendo y nos contagió su alegría. Esta había sido una difícil prueba, una experiencia más en nuestra evolución como equipo.

Desde luego que ahora les tendríamos más respeto a esas hermosas –pero peligrosas- damas amarillas

 

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