Experiencia de vuelo:

Jazzeando con motor

Con mi peso de alrededor de 53 kg y estatura de 1,62 m, la verdad es que siempre renegué de la posibilidad de volar paramotor. Mi lógica era que si apenas puedo caminar 200 metros con los 20 kg de mi parapente, menos podría inflar y despegar cargando en la espalda un aparato que pesa cerca de 30 kg. ¡Pero estaba MUY equivocada!

Actualmente, existen paramotores que pesan alrededor de 22 kg y, sobretodo, que llevan el peso distribuido de tal forma que no se necesita ninguna fuerza extraordinaria para manejarse en tierra con ellos. Uno de ellos es el Pap 1100 TD (motor Top 80) con el que tuve la suerte de realizar el primer vuelo de mi vida (sola) en paramotor, un modelo que pesa algo más de 22 kg vacío, con hélice de 99 cm, y que llevé con unos 3 litros de gasolina. Un total de 25 ó 26 kilos sobre mi espalda. La Jazz de Pro-Design se convirtió (para mi inexperta opinión) en un complemento ideal para esta prueba, al ser una vela muy liviana y de inflado extremadamente sencillo, incluso sin viento, además de darme la suficiente seguridad en cuanto a sus características de vuelo –una vela tranquila y segura.

Tras unas breves instrucciones de parte de pilotos “experimentados”, sobre la manera de inflar e iniciar la carrera, el aterrizaje y un par de consejos de vuelo, me puse el paramotor y me enganché a la pequeña Jazz. La longitud de las bandas me pareció apropiada para el inflado: suficientemente cortas como para dar un buen tirón de ellas, incluso con los brazos estirados por el diámetro del aro del motor y con la espalda bien erguida (para ayudarse con el empuje de la hélice). Una leve brisa me ayudó a levantar la vela muy fácilmente, luego gas a tope y en dos pasos ya estaba en el aire. ¡Nunca pensé que sería tan fácil!

Poco a poco fui probando cosas y entendiendo el atractivo que el vuelo con motor ejerce sobre cada vez más pilotos: te da autonomía. Vas, vienes, subes o bajas y luego aterrizas donde quieras. No tiene la magia del vuelo libre, pero poder ir a donde lo desees y volar bajito disfrutando el paisaje es una recompensa más que suficiente.

En vuelo, la vela se atrasaba al dar gas a tope, como ocurre con la mayoría de las velas en esta situación, pero al soltarlo el cabeceo estaba lo suficientemente amortiguado como para no alarmar ni requerir excesivas correcciones. Recupera el vuelo normal rápidamente. En los giros con gas la Jazz subía sólidamente y podía sentir toda la presión de la vela en los mandos. El par-motor se sentía con el motor al máximo pero siempre era posible girar hacia el lado “duro” a pesar de ello. Lo único que hay que hacer es combinar el uso de los frenos con el pilotaje del cuerpo para sacar todo el provecho de esta rítmica vela. Sentí que el tamaño de ella era perfecto para mí, incluso con el motor. Quizás, al fin y al cabo, tiene sus ventajas ser una piloto pequeña con el paramotor, ya que el despegue es casi inmediato y en vuelo se puede subir fácilmente con sólo dar gas, como en un ascensor. Sólo eché de menos el acelerador de la vela o unas bandas con trimers para poder aumentar la velocidad de vuelo.

En cuanto al aterrizaje, una parte del vuelo que me preocupaba por el peso adicional, resultó muy sencillo aunque un poco accidentado. La aproximación me pareció casi igual que si hubiera ido sin el motor, con un pequeño aumento en la tasa de caída y algo más de velocidad, pero nada exagerado. Tal como me dijeron mis “instructores”, apreté el botón de apagado del motor unos 15 ó 20 metros antes de llegar al suelo, le di velocidad a la vela e hice un flare que me bajó hacia el suelo suavemente, como para aterrizar en puntas de pies... sólo que el motor no se había apagado y en ese momento le di al acelerador (involuntariamente) y recibí un empujón que me dejó de rodillas (casi de cabeza) en el suelo. Inmediatamente le di al botón de apagado hasta que realmente esta vez se apagó, sin que ninguna parte de la vela hubiera tocado el motor, ni éste el suelo –¡menos mal! No pasó de un susto y de un error de principiante, pues resulta que el botón hay que mantenerlo apretado unos cuantos segundos y, o yo lo olvidé o a mis “instructores” se les pasó contarme este detalle... Lo que ocurrió es que cuando dejé de acelerar el Pap 1100 TD para aterrizar, la hélice dejó de girar pues lleva embrague centrífugo y el motor se quedó al ralentí, tan silencioso que no me di cuenta de que aún estaba encendido –lo cual habla muy bien del motor. Sin este detalle, habría sido un aterrizaje perfecto, muy suave y agradable, después de un vuelo también muy agradable con una buena combinación de parapente y motor.

¡Una experiencia totalmente recomendable!

Piloto: Claudia Riquelme L.

Peso: +-53 kg

Experiencia: 8 años volando parapente / unas 1500 horas

Parapente: Jazz de Pro-Design / DHV 1-2

Paramotor: Pap 1100 TD (motor Top 80)

*Nota: Si te interesa probar el paramotor, te recomendamos acercarte a una escuela reconocida oficialmente, donde te asegurarán el máximo de seguridad, tanto en los equipos de vuelo como en la instrucción.

Antes de comprar un parapente, lo mejor es que lo pruebes por ti mismo y descubras si te gustan su pilotaje y sensaciones. Esa es la clave para una buena progresión en este deporte y para disfrutar al máximo tus vuelos.

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