




Experiencia de vuelo:
Térmicas a ritmo de Jazz
Llevo 8 años volando y todavía me pregunto, cada vez que me toca caminar con el parapente en la espalda, cuando será el bendito día en que fabriquen parapentes de serie más ligeros. Por eso me alegró comprobar que ya hay una preocupación en este sentido, al menos con este modelo intermedio de Pro-Design. Un kilo menos ya es algo. Abro el parapente en el despegue semi-vacío de Piedrahita (Avila, España), en mayo, cruzando los dedos para que la nube que oscurece esta zona se mueva y el sol haga aparecer una buena brisa para salir. Unos 20 minutos después mis deseos se cumplen. La tela de la Jazz cruje un poco con el aire que comienza a entrarle por las bocas y, ya preparada, doy un suave tirón a las bandas A, haciendo que la vela suba tranquilamente, compacta, y se quede arriba mío esperando órdenes. Mantenerla controlada en tierra es algo muy fácil, lo cual me confirma su DHV 1 en despegue. Con unos cuantos pasos salimos sin problemas, la Jazz planea y se sustenta bien, aunque hay una brisa muy suave y el cielo está cubierto en varios lugares a nuestro alrededor. Da gusto ir planeando con tanta solidez sobre la ladera, con una tasa de caída muy suave y buena velocidad. Las térmicas se sienten con un aumento de la presión en el freno y se hace fácil seguirlas. Enseguida me doy cuenta de que los giros se pueden estrechar bastante, pero que a la Jazz no le gusta la brusquedad: si banquea mucho, el aumento en la tasa de caída es significativo, así que es mejor hacer giros suaves, sujetando un poco el lado exterior. Las nubes tapan la ladera y comienzo a hundirme. La pendiente disminuye debajo de mí justo donde comienzan los árboles, así que más me vale subir o me quedaré a media ladera... Un cerito que ni siquiera hace sonar el vario nos pone a luchar otra vez. La Jazz se aferra a la ascendencia diciéndome en todo momento cuándo hay que darle más freno o quitarle. El pilotaje requiere cargar el peso del cuerpo junto con el freno para girar bien, pero así logramos giros cerrados y más adecuados para la mini-ascendencia, subiendo poco a poco hasta que el cero se convierte en un +1, +2 y se abre en una térmica cada vez más amplia, que nos lleva casi hasta la base de la nube, unos 400 metros sobre la montaña. Ya podemos abrirnos hacia la cuerda de enfrente para acercarnos a Villatoro, el famoso puerto de montaña “con maña”. La transición es tranquila, a máxima velocidad, sin ningún amago de inestabilidad en el parapente, seguramente porque los “ram-air pockets” del borde de ataque realmente funcionan como “come-turbulencias”, o por su perfil más bien grueso (la vela no lleva costillas internas en el centro para reducir peso), y que lleva mucha presión interna, o por la cinta que corre transversal por la vela junto al borde de fuga para reducir las oscilaciones en vuelo. La tecnología y la experiencia como fabricantes de los austriacos se nota en estos mecanismos.
Sobre la cantera me encuentro con las únicas verdaderas turbulencias del vuelo. El agujero gris y de piedras recibe buena radiación solar y desprende térmicas desordenadas y movidas, que se traducen en pequeños tirones de la vela hacia el ala donde siente el movimiento, fáciles de compensar. No sentí ninguna pérdida de presión, sino sólo el movimiento en la vela, algún crujir de la tela y los pequeños cambios de dirección que provocaban en el planeo y que exigían alguna corrección en los frenos. Avanzamos por la última cuerda antes de enfrentarnos al puerto y el panorama hacia delante no es muy alentador, sólo veo bases de nubes muy oscuras y prácticamente ningún claro entre ellas. Subo un poco y no me convence, aunque la Jazz quiere seguir volando y el vario indica que la nube nos llama. Hago una pequeña barrena para bajar y compruebo que con el peso del piloto y un poco de freno, la vela se deja enganchar en una buena espiral, que sale tranquilamente abriendo el giro con un poco de mando externo y soltando el interno. Para los pilotos más novatos esta agilidad de la vela les exigiría tomárselo con calma y practicar los giros poco a poco hasta conocer bien las reacciones de ella, pero esta vela está suficientemente amortiguada como para que los principiantes lo pasen bien con ella. A esto se suma el mando algo duro, que no tolerará una pérdida involuntaria. En los wingovers también se deja llevar con buena energía, pero apenas aflojo el mando la Jazz quiere volver a su vuelo normal, en línea recta y sin complicaciones. El cielo continúa cubriéndose mientras nosotros bajamos hasta Casas del Puerto y nos metemos en un pequeño campo verde junto a la carretera (luego me enteraré que una gran tormenta abarca desde el Puerto ¡hasta Ávila!). La aproximación es muy sencilla, pues puedes hacer que la Jazz pierda altura fácilmente con unos giros en 8 y recupera rápidamente su velocidad para el flare. El aterrizaje es muy suave, como toda ella. ¿Será por eso que la bautizaron Jazz?
Según mi humilde opinión:
Lo más: Su peso ligero, el inflado facilísimo y la estética.
Lo menos: El mando un poco duro, igual que el acelerador.
Perfil del Piloto Jazz: Novatos con ganas de progresar; pilotos ligeros (talla S) y que no quieren complicaciones; y pilotos intermedios amantes de la estética y los detalles.






Claudia voló con un peso total de 72 Kg.
